Ya no estoy aquí: “kolombias” y cholo style regio

La música durante la adolescencia permite al escucha identificarse y en ocasiones tener una conducta autónoma, en otros casos lleva a un equilibrio emocional. En varios individuos, un género en particular puede crear una comunión, un sentido de pertenencia y de rebeldía.

Esto le ocurre a Ulises, protagonista de Ya no estoy aquí, segunda película de Fernando Frías de la Parra. El adolescente, junto a su pandilla logra lidiar con la marginalidad social (en la que se encuentran inmersos) al ritmo de las “kolombias”, nombre que le dan a la cumbia colombiana ralentizada o rebajada. Este ritmo que llegó a Monterrey a finales de los 60, retomado durante los 80 a través del sonidero, y que volvió a tener auge en la primera década del siglo XXI.

Ulises y sus amigos utilizan este ritmo musical para expresar su inconformidad. No sólo la escuchan, la bailan, algo tan importante que recuerda al Tony Manero (2008) de Larraín; cada vez que ocurre esto, los jóvenes (punks tropicalizados) emergen de manera dancística en estado catatónico, que por momentos pareciera representar una pelea de gallos. Ulises funge como líder, como un padre y un rockstar y resguarda a sus amigos, con quienes vaga por los callejones y territorios de otras pandillas de la colonia Independencia, como Los Guerreros (1979) de Walter Hill.

El filme está situado a finales del calderonato, y la guerra contra el narcotráfico es un telón de fondo. Una guerra que alcanza siempre a los más vulnerables y que muchas veces propicia la migración de los afectados. Ulises es uno de ellos y se ve en la necesidad de huir a Estados Unidos, donde encuentra a un grupo de connacionales que lo desprecian, se vuelve un paria.

Es precisamente en Nueva York donde el adolescente se topa con las dificultades de la comunicación. Primero al conocer a una mujer colombiana, que, a pesar de hablar el mismo idioma, ni la cumbia colombiana, ya resignificada por Ulises, lograr causar empatía. Y, en segundo lugar, al conocer a Lin, una joven china que se ve apabullada por la pinta estrafalaria que tiene Ulises. Y es ese rasgo cultural que une a los jóvenes. Aquí Lin recuerda a la Jane americana de El jardín del Edén (1995, María Novaro), que queda hipnotizada por la riqueza de la cultura mexicana. Los encuentros entre Ulises y Lin son cómicos porque ninguno comprende lo que dice el otro, aunque con un “vergas” se dice todo. Ya Jim Jarmusch mostraba en Ghost dog: El camino del samurái (1999), algo similar, los personajes de Forrest Whitaker, quien habla inglés e Isaach de Bankolé, un haitiano que habla francés, no se entienden, sin embargo, el ajedrez y la compañía, bastan para decirse el uno al otro que son mejores amigos.

Ya no estoy aquí

Ulises recuerda mucho su barrio, las noches de sonidero y llenas de fiesta. Hay nostalgia de esa otrora marginación, una marginación que ya conoce y cuyo lenguaje dominaba. Ulises tiene la necesidad de regresar a su Ítaca. Ya de vuelta no reconoce a nada ni a nadie. En un momento en que escucha sus “kolombias”, la pila de su reproductor se acaba, es ahí donde se da cuenta que la adultez lo ha alcanzado, a la par lo más atroz del narcotráfico está sucediendo.

El filme de Fernando Frías de la Parra es esa delgada línea de la adolescencia hacia la edad adulta, como lo son las películas de Fernando Eimcke. Aunque no llega a romantizar el baile y la música, como sucede en su precedente Cumbia Callera (2007) de René Villarreal; los adolescentes de Parra, en las filas del narcotráfico, son al mismo tiempo como esos personajes fríos y sombríos de Heli (2013, Amat Escalante). Ya no estoy aquí es una obra que se mira para reflexionar: sobre la comunicación, sobre los adolescentes y su estado marginal, consecuencia en ocasiones, del escaso apoyo que se les brinda en un país con pocas oportunidades.