El París de Modigliani en la ciudad de los chilangos.

Hace 100 años en París murió el pintor Amedeo Modigliani. Ahora, el Museo del Palacio de Bellas Artes abre sus puertas a una selección de su obra pictórica y de la de algunos contemporáneos suyos.  Pero si tomamos en cuenta el contexto en el que se da esta exposición, más de una persona se cuestionará si una visita al museo es necesaria mientras el mundo atraviesa una pandemia. 

Mi respuesta es sí; y no porque no me importe la salud de los demás o la propia, sino porque llevamos más de 6 meses en los que el mundo se ha detenido y el volver a ponerlo en marcha exige cambios de comportamiento, higiene y convivencia.

Desde el arribo a Bellas Artes todo parece un viaje alucinante, el caos, las manifestaciones, las calles vacías y las calles abarrotadas dan la ilusión de que el Centro Histórico no es un lugar para pasear. Y es que el inmueble está cercado por barricadas azules que rodean aquellas jardineras que hace unos meses eran puntos de encuentro. El acierto de éstas: sirven como estacionamiento de bicicletas, mismas que están vigiladas por la seguridad del lugar.  Uno camina junto al cercado y no creería que dentro de ellas hay un recorrido pictórico por las calles de París. 

Otra novedad que se deja ver, al caminar por las jardineras, es la fila marcada con puntos azules que indican la separación entre un visitante y otro, si vas acompañado de alguien, pueden ocupar dos personas 1 mismo punto, no más. 

La entrada al recinto cumple con todas las normas de seguridad: cubrebocas obligatorio, tapete sanitizante, gel antibacterial, rocío de desinfectante y toma de temperatura. Todo el personal lleva cubrebocas y caretas. 

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Esta nueva realidad de visitar museos se puede amar u odiar, la fila de puntos azules marca todo el recorrido de la exposición. En un principio puede ser tedioso, pero para todos los que enloquecíamos al no poder apreciar una obra por las grandes aglomeraciones, ahora agradecemos que los puntos azules además de indicar la sana distancia, también nos regalan un momento y un espacio frente a frente de las piezas en exhibición. 

La exposición abre con el metro de París, es extraño ver la proyección de lugares que están al otro lado del mundo luego de pasar 6 meses en casa. El primer núcleo temático nos remite al París del siglo XX, con el metro recién inaugurado, en el que la pintura al aire libre fue una de las principales formas de inmortalizar los paisajes. En esta primera parte, la exposición también dispone de materiales interactivos como mapas de los barrios de París, debo aplaudir que dichos mapas pueden ser manipulados gracias a sensores de movimiento para así evitar que la gente esté en contacto directo con ellos.

El segundo y tercer núcleo de la exposición explican la importancia que tuvo el legado de Cézanne en el estudio de la naturaleza a partir de la geometría y la evolución que tuvo la pintura al aire libre, al paisaje urbano. Sin duda, una de mis partes favoritas ya que cada pintura es un paseo kinestésico en el que uno puede imaginar perfectamente los sonidos, olores y sabores de cada lugar representado. 

El cuarto núcleo presenta una buena parte de los retratos de Amedeo Modigliani, y aunque podría parecer contrastante pasar del espacio público al privado de los rostros, esta transición nos recuerda que no podrían existir nuestras grandes ciudades sin las personas que las habitan. Rostros alargados, bocas pequeñas, ojos sin iris son algunas características de las obras en exhibición, mismas que reflejan las influencias del arte micénico, etrusco y egipcio que tuvo el artista durante su vida. 

El quinto núcleo se refiere a la relación que mantuvo Modigliani con pintores mexicanos como Carlos Mérida, Ángel Zárraga y Diego Rivera. Mientras que el sexto se centra en el desnudo y las máscaras, temas que fueron recurrentes en los estudios de los artistas modernistas. En la penúltima sección se muestra obra del colega y amigo de Modigliani: Chaim Soutine, pintor expresionista que realizaba su obra sin bosquejos y con trazos frenéticos. La última sala se centra en la escuela de París en la que la mirada aguda de Jonas Netter fue clave para el descubrimiento de artistas como Modigliani, Utrillo y Soutine. 

Sin lugar a duda, volver a pisar un museo después de tantos meses fue una experiencia completamente nueva, los protocolos de seguridad son óptimos, el personal del museo es eficiente al momento de dar indicaciones dentro del recorrido (evitan que la fila se interrumpa o que se pierda la sana distancia) y no se tiene contacto físico innecesario (sólo en la taquilla al recibir el boleto y a la entrada de la exposición al entregar el mismo). 

Definitivamente, el poder apreciar esta exposición es la suma de muchos esfuerzos por poder volver a transitar nuestros espacios de manera sana y responsable.

FOTOS: Caro Yeye y cortesía